Desde hace miles de años la Tierra ha experimentado cambios naturales severos que hicieron desaparecer especies animales, originar periodos de glaciaciones, cambios del paisaje por la actividad volcánica o grandes terremotos por el choque de las placas tectónicas, la radiación solar, el impacto de meteoritos, etc.
Ahora la Tierra nos va mandando señales. Los primeros en detectarlas fueron los científicos y otros estudiosos del clima: nos avisaron del cambio climático, del calentamiento global, de las agresiones a la capa de ozono, del deshielo de los cascotes polares, pero aquello nos sonaba como muy lejano.
Con la Revolución Industrial, a base de quemar carbón, ya se fueron poniendo los cimientos. Pero aquello eran dos focos centralizados en Inglaterra y zonas de Estados Unidos y la Naturaleza podía asumirlo, pues el noventa y nueve por ciento restante era meramente agrícola.
Desde principios del siglo XIX y hasta hoy millones de “estufas” se ponen en marcha las veinticuatro horas del día: motores de explosión, industrias, etc., aportan calor a la atmósfera por todo el mundo y, de vez en cuando, los incendios echan una mano. Las políticas de no permitir retirar del monte ramas secas ni obligar a desbrozar en primavera y evitar que se quemen, el asfaltado o enlosado compulsivo de zonas de tierra que irradian menos el calor, el olvido de plantar árboles a miles cada semana que aporten sombras y fresco, el complejo de los políticos a la hora de luchar por el agua hasta conseguir que no llegue un metro cúbico de agua al mar hasta que no se llenen los pantanos de las zonas deficitarias, la ausencia de infraestucturas que guarden el agua de lluvia, que nos permitiría, regar más terreno y baldear la calles, como hace cincuenta años, para que estén más limpias y más frescas, también ayudan.
Los golpes de calor, pese a los avisos, son una señal demoledora: en los seis primeros meses de 2024 murieron por este motivo 987 personas, en el mismo periodo de 2025 murieron 2.168.
Seguimos anestesiados.
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